Claves para un alumbrado navideño sostenible y respetuoso
¿Sabes qué es la regla CHIP? Una guía rápida que equilibra el disfrute de las luces navideñas y su sostenibilidad. La solución, nunca perfecta, pasa por el uso de luces más cálidas (C), el establecimiento de horarios (H), la disminución de su intensidad (I) y la protección (P) frente a entrada directa de luz en los hogares.
Fuente: Antonio Peña García / Fundación Descubre
Si les cuento que Estepa ha dado la sorpresa imponiéndose a Vigo y a Madrid, podrían pensar que escribo sobre esos originales emparejamientos de la Copa del Rey que a veces dejan en la cuneta a equipos de primera para regocijo de pequeñas poblaciones.
Pero la cosa va de otra competición que año tras año, copa telediarios estos días: la carrera por la inauguración del alumbrado navideño. Y con ella las clásicas preguntas: ¿es un despilfarro innecesario? ¿perjudica a las personas? ¿y al medioambiente?
Enfoquémoslas desde la perspectiva de la física de la luz y su interacción con personas y ecosistemas.

En primer lugar, encender estas luces supone un consumo que de otro modo no se produciría. Respuesta de Perogrullo. Y a ese consumo debemos sumar el mantenimiento, almacenamiento de millones de bombillitas durante todo un año, instalación, desinstalación etc.
Sin embargo, el alumbrado navideño se beneficia en los últimos años de una revolución tan generalizada como desapercibida: el reemplazo de las bombillas de filamento por LED, cuyo consumo es mucho más bajo. Esta revolución fue posible gracias al desarrollo los LED blancos, logro aparentemente estético, pero de tal profundidad que valió el Premio Noble de física de 2014 a su gran artífice, el profesor Shūji Nakamura.
Pero la mayor eficiencia energética del LED (punto a favor), ha llevado a muchos ayuntamientos a aumentar su número contrarrestando el ahorro. Lo comido por lo servido.
Arrojar luz al cielo
¿Qué ocurre con el medioambiente? Que aumenta considerablemente la contaminación lumínica, es decir, la luz que arrojamos luz hacia el cielo sin ser aprovechada por los ciudadanos para desarrollar sus actividades con seguridad, objetivo del alumbrado público. Pero la contaminación lumínica es más que un despilfarro económico y energético porque afecta seriamente a aves, insectos y otras especies, aparte de perjudicar la actividad científica de los observatorios astronómicos de primer nivel que hay en España, especialmente en el Sur. Y cuanto más azul sea la luz, mayor esparcimiento en la atmósfera. Doble punto en contra porque en los últimos años se observa un claro aumento de iluminaciones navideñas azules y, sobre todo, violetas. Independientemente de la razón que lo motive, la luz violeta causa mucha más contaminación lumínica que la roja o verde.
¿Y las personas? La mayoría disfrutamos el espectáculo paseando por las calles animados y proclives a la actividad económica, pues de otro modo los ayuntamientos no gastarían ese dineral. Pero esta historia de un exceso fugaz, de los de “una vez al año no hace daño”, tiene efectos colaterales sobre los vecinos que durante semanas sufren la intrusión lumínica (por no hablar de la acústica) en casa. Y volvemos a incidir en el incremento de luces azules y violetas que además de contaminación lumínica, a intensidades elevadas alteran ritmos circadianos tan importantes como el sueño.
La solución, nunca perfecta, pasa por el uso de luces más cálidas (C), el establecimiento de horarios (H) que respeten el descanso de quienes tienen que vivir un mes junto a millones de bombillitas, la disminución de su intensidad (I) y la protección frente a intrusión lumínica (P) mediante apantallamientos que impidan dentro de lo posible que la luz directa llegue a las ventanas. Lo que, a modo de regalo navideño para los amantes de los acrónimos, bautizaremos como Regla CHIP.
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