El CSIC estudia la cristalogénesis en la Cueva de los cristales gigantes de Naica
Fuente: CSIC
La Cueva de los cristales gigantes de Naica, en Chihuahua (México), es un gran despliegue de belleza mineral. Esta gran caverna subterránea alberga unos colosales cristales de yeso, de hasta 11 metros de longitud y un metro de grosor, que se entrecruzan desde el suelo hasta el techo con un brillo blanquecino.
Este entorno proporciona a los científicos una especie de laboratorio natural donde poder estudiar la cristalogénesis de este singular fenómeno de cristalización cercano al equilibrio (cuando la transferencia de materia entre la disolución y el cristal es tan pequeña que el crecimiento es muy lento). Sus resultados arrojan luz sobre los fundamentos del crecimiento de cristales, una formación molecular omnipresente en la naturaleza y con numerosas aplicaciones tecnológicas.
Descubierta por casualidad en 2000 por dos obreros de la mina de Naica, la Cueva de los cristales ha sido objeto de investigación científica desde entonces. Allí trabaja desde hace casi 15 años el equipo que lidera el investigador del CSIC Juan Manuel García-Ruiz, cristalógrafo del Instituto Andaluz de Ciencias de la Tierra. Las conclusiones de ese trabajo se publican ahora en la revista Chemical Society Reviews, donde se recogen algunos hallazgos sobre los procesos geológicos que dieron lugar a la formación de la Cueva de los cristales.
“La imagen que emerge de los resultados obtenidos es, a ojos de un científico, tan fascinante como los propios cristales”, señala García-Ruiz. “La explicación del tamaño de los cristales gigantes, su aspecto más sorprendente, ha llevado a crear interesantes modelos de nucleación de minerales para mejorar el análisis de los procesos geológicos que ocurren a escalas espaciales y temporales fuera del alcance de la experimentación en laboratorio”, añade el investigador.
Medición de procesos ultralentos y datación de la pureza
“La necesidad de estimar el tiempo durante el que los cristales estuvieron creciendo ha impulsado el desarrollo de nuevas tecnologías experimentales para medir la velocidad de procesos ultralentos, la datación de materiales ultrapuros y la termometría de la cristalización. La explicación de las diferentes morfologías cristalinas, en especial de las colosales “vigas” de cristal de hasta 11 metros se desvela finalmente como un resultado del crecimiento en macla”, según García-Ruiz.
El conocimiento de los procesos ultralentos puede contribuir a numerosas mejoras tecnológicas. “A nuestra escala humana no solemos darle importancia a procesos que duran cientos de años, pero entre estos procesos están, por ejemplo, el deterioro por disolución de los contenedores de hormigón de desechos radioactivos o la estabilidad de las formaciones geológicas en las que se está proponiendo almacenar el CO2”, indica el investigador del CSIC Fermín Otálora, del Instituto Andaluz de Ciencias de la Tierra.
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