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Hallados restos de 16 caballos sacrificados en el santuario tartésico del Turuñuelo (Badajoz)

Fuente: CSIC


04 de julio de 2017
Restos de caballos hallados en el santuario tartésico del Turuñuelo (Badajoz)./ Foto: IAM-CSIC

Restos de caballos hallados en el santuario tartésico del Turuñuelo (Badajoz)./ Foto: IAM-CSIC

El santuario tartésico del Turuñuelo de Guareña, en Badajoz, del siglo V a.C., una joya
arqueológica por sus novedosas técnicas arquitectónicas y por su estado de
conservación, sigue revelando secretos que muestran su pasado esplendor. Un equipo
de investigadores del Instituto de Arqueología-Mérida, del CSIC, ha hallado junto a la
escalinata del templo los restos de 16 caballos, dos toros y un cerdo, que fueron
sacrificados en un costoso ritual de clausura antes de la destrucción final del santuario.
El Turuñuelo se ha convertido en un modelo para estudiar la cultura tartésica del
interior, y aporta información muy valiosa sobre su organización social, sus
mecanismos comerciales y sus rituales.

“El sacrificio consistió en una gran ofrenda a los dioses antes de abandonar
definitivamente el lugar”, explica Sebastián Celestino, director de la excavación junto a
la investigadora Esther Rodríguez, y director del Instituto de Arqueología-Mérida. “Da
idea de la enorme riqueza del sitio, pues el caballo era un elemento de prestigio.

Además de los numerosos animales sacrificados (19 hasta el momento, pues no se ha
terminado de excavar este espacio) han aparecido ánforas y cestos con cereales y
otros elementos de gran valor, lo que da una idea de la importancia de ese sacrificio
final, previo a la destrucción del monumento y su posterior amortización”.

Celestino destaca que “quizá lo más llamativo sea la existencia de un ajuar completo
para la celebración de un banquete de comensalidad en la habitación sur. Se trata de
un conjunto de muy buena calidad entre los que destaca un enorme caldero, dos
jarros, una parrilla, varios pinchos para la carne, un quemaperfumes, coladores…
Todos realizados en bronce. Pero también destaca la gran cantidad de platos y vasos
pintados con bandas rojas y las copas de imitación griega. En el entorno de la
habitación se hallaron muchos huesos y conchas resultado del festín final”.

El propio ritual final contribuyó a la buena conservación del templo. “El santuario fue
incendiado una vez realizados los rituales de clausura (sacrificio de animales y
banquete final). El propio incendio solidificó las paredes de adobe, mientras que el
rápido echado de tierra para sepultar el edificio propició la conservación de los
materiales metálicos. Además, la potente anchura de los muros de adobe, de hasta
tres metros en algunos sitios, ha contribuido a su excelente estado de conservación.”
El investigador indica que tan sólo se lleva excavado un 10% de la superficie total del
túmulo. “Sin embargo, teniendo en cuenta que se conservan las dos plantas del
edificio, debemos rebajar sensiblemente esta cifra. Por el momento trabajamos con la
Diputación Provincial de Badajoz que hace una aportación que nos permite trabajar un
par de meses al año, pero eso significa seis o siete meses de análisis y estudio antes de
abordar una nueva campaña. A este ritmo, es posible que podamos ver todo el edificio
exento en una década aproximadamente.”

El santuario destaca por sus novedosas técnicas constructivas. “Lo más sorprendente
es la utilización de un mortero de cal, arena y arcilla para confeccionar los sillares
cuadrangulares con los que construyeron buena parte de la escalinata que da acceso al monumento; con ese mismo mortero realizaron también la «bañera». La utilización de
esta técnica constructiva ha sorprendido por cuanto era desconocida en la península
hasta la llegada de los romanos”, explica el investigador.

“Estos grandes edificios se organizaban junto al Guadiana y tenían una intensa relación
comercial entre ellos; conocemos ya un poblado en altura rodeado de una potente
muralla que haría de lugar central desde donde se organizaría el comercio hacia el
exterior a través del río”, añade Celestino. El Turuñuelo ofrece una riqueza
arquitectónica y material desconocida hasta el momento en esta fase final de Tarteso;
y llaman poderosamente la atención los rituales que se llevaron a cabo, hasta ahora
también inéditos y de gran complejidad; sobresale el sacrificio o hecatombe producida
en el patio principal del monumento previo a su destrucción”.

La cultura tartésica

El Turuñuelo se ha convertido en el mejor exponente para entender los últimos años
de la cultura tartésica. Aunque aún es pronto para saber qué papel jugaba el santuario
dentro de la cultura tartésica, es probable que hubiese sido un lugar de peregrinación,
puesto que “los santuarios en la antigüedad tenían como función principal el
intercambio comercial, pero también era el lugar donde se celebraban rituales de
cohesión social a través de la veneración a los dioses”, indica Celestino.

La cultura tartésica se origina hacia el siglo VIII a.C. en el Bajo Guadalquivir. Es la
consecuencia del impacto que supuso la llegada de los colonizadores mediterráneos
(principalmente fenicios) en los pueblos indígenas, que transformaron la base
económica y social del sur peninsular. El resultado de ese encuentro es la
conformación de una nueva cultura que denominamos Tarteso, explica Celestino.
“A mediados del siglo VI a.C. el núcleo de Tarteso, ubicado en Huelva y la
desembocadura del Guadalquivir, sufrió una fuerte crisis que logró minar su
emergente cultura. Buena parte de la población se trasladó al valle del Guadiana, en el
interior, donde volvió a resurgir con fuerza y con una renovada personalidad”, añade.
La cultura tartésica mantenía contactos comerciales con otras culturas del
mediterráneo, “a través de los intermediarios griegos y púnicos asentados en colonias
del levante peninsular. Ello explica la presencia de objetos de origen egipcio, etrusco,
griego, etcétera”, concluye Celestino.


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