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COVID-19: La inevitable tercera dosis

La administración de una tercera dosis de la vacuna frente a la COVID-19 comienza a generalizarse en todo el mundo. Estados Unidos ya la aprobó hace tiempo y la Agencia Europea del Medicamento también ha hecho lo mismo. Pero ¿es inevitable? ¿Qué razones se esconden tras esta decisión? El experto en Inmunología Ignacio J. Molina Pineda, del Centro de Investigación Biomédica de la Universidad de Granada responde a estas cuestiones. 

Fuente: The Conversation


España |
13 de diciembre de 2021

La administración de una tercera dosis de la vacuna frente a la COVID-19 comienza a generalizarse en todo el mundo. Estados Unidos ya la aprobó hace tiempo y la Agencia Europea del Medicamento también ha hecho lo mismo. Pero ¿es inevitable? ¿Qué razones se esconden tras esta decisión?

¿Tercera dosis o dosis de recuerdo?

Aunque parezca una cuestión semántica –que algo hay de ello– desde el punto de vista inmunológico los conceptos “tercera dosis” y “dosis de recuerdo” son diferentes.

Foto: Shutterstock / KT Stock photos

Administramos una tercera dosis a aquellas personas en las que la respuesta obtenida tras la inoculación de dos dosis no ha sido suficientemente robusta. Esto ocurre, por ejemplo, en pacientes con inmunodeficiencias (primarias o adquiridas) o en aquellos otros que se encuentran inmunosuprimidos por razones médicas, como es el caso de los pacientes trasplantados, que han de tomar inmunodepresores de por vida.

Por su parte, la dosis de recuerdo se administra a aquellas personas en las que la respuesta obtenida tras las dos dosis iniciales fue muy potente, pero a las que es necesario inocular de nuevo para reforzar una respuesta que se ha debilitado. Las dos principales razones que explican este debilitamiento son el paso del tiempo y la aparición de las nuevas variantes.

¿Cuánto dura la inmunidad conferida por las vacunas?

Depende de la enfermedad más que de la vacuna en sí. Algunas proporcionan una potente inmunidad durante muchos años, como es el caso de la vacuna frente a la fiebre amarilla, que nos protege eficientemente casi de por vida, o la de las paperas, que lo hace al menos durante 27 años.

En el extremo opuesto tenemos otras enfermedades como la tos ferina, en la que la inmunidad comienza a declinar a los 2 o 3 años tras la inmunización.

En una posición intermedia estaría el tétanos, para el que se recomienda administrar la pauta completa durante la infancia (5 dosis hasta los 15 años) y, posteriormente, recibir una dosis de recuerdo cada 10 años.

Por tanto, no debe sorprendernos que las vacunas frente a la COVID-19 pierdan eficacia con el tiempo. Pasa con todas, o con casi todas.

¿Cuánto dura la inmunidad conferida por las vacunas frente a la COVID-19?
Esta pregunta no tiene, de momento, respuesta definitiva, porque no ha pasado el tiempo suficiente. La inmunidad natural frente a los cuatro tipos de coronavirus, parecidos al SARS-CoV-2, y que producen un tercio de los resfriados comunes, no es muy duradera. Por eso sufrimos estos episodios casi todos los años.

Los temores iniciales acerca de una efímera inmunidad frente al SARS-CoV-2 no se han visto, afortunadamente, confirmados. Así, aunque va declinando progresivamente, aún se observaba una robusta respuesta inmunitaria 8 meses tras la administración de la vacuna. Al menos antes de la aparición de las variantes.

¿Cómo influyen las variantes sobre la eficacia de las vacunas?

Mucho. No debemos olvidar que el inmunógeno que contienen las vacunas que estamos administrando es el del virus original. Y desde enero de 2020 ha llovido mucho, y el virus ha mutado también. Así, cada una de las variantes que han ido apareciendo contenían diferencias progresivamente más significativas frente a la cepa original, por lo que era esperable que la eficacia vacunal se viera resentida.

Frente a las variantes conocidas hasta hace pocas semanas ya se observó que la capacidad de neutralización de los anticuerpos producidos en inmunizados era bastante menor.

La buena noticia era que esta disminuida respuesta inmunitaria aún era suficiente para proteger a la población no vulnerable de manera eficaz, por lo que la mayoría de la comunidad científica no consideraba urgente la administración de una dosis de recuerdo con carácter general.

Parecía más apremiante concentrar los esfuerzos en conseguir vacunar a la mayor cantidad de personas en todo el mundo lo antes posible. Dado que estamos ante una enfermedad global, no hacerlo era ponernos en riesgo de que apareciera una nueva variante que escapase a la protección de las vacunas. Y si eso pasaba, volveríamos a la casilla de salida. Confinamientos incluidos.

Y llegó la variante ómicron…

Y la situación cambió por completo. Esta variante ha causado una enorme preocupación porque es la que más se aleja de la original, ya que contiene hasta 50 mutaciones con respecto a ella, un número inusualmente alto. Además, se ha revelado como extraordinariamente infectiva, mucho más que todas las anteriores.

Por si fuera poco, algunos cambios detectados se habían relacionado con una evasión del sistema inmunitario. Por tanto, la posibilidad de que ómicron escapase a las vacunas parecía muy real.

Los datos preliminares de que disponemos indican que los anticuerpos neutralizantes frente a la variante ómicron, en personas vacunadas con dos dosis, son 25 veces menores que los que poseen estas mismas personas frente a las otras variantes.

La buena noticia es que las personas que han recibido tres dosis alcanzan un nivel de anticuerpos frente a ómicron equivalente al de los inmunizados con dos dosis frente al resto de las variantes.

La inevitable tercera dosis

O mejor, de recuerdo. Los modelos predicen, y la evolución en el Reino Unido lo demuestra, que ómicron será en pocas semanas la variante predominante en Europa. Una situación equivalente probablemente se produzca en Latinoamérica, donde ya se ha detectado la variante en Brasil, Argentina, Chile y México, aunque el verano austral quizá module su propagación a corto plazo.

Debemos, por tanto, acelerar la vacunación en aquellos países con baja tasa de inmunización y recurrir a esta dosis de recuerdo en los demás para volver al nivel de protección inmunitaria que teníamos antes de la aparición de ómicron. No parece que haya otra alternativa.

Por otro lado, se debería considerar reformular las vacunas para adaptarlas lo antes posible a las variantes que actualmente tenemos, algo que las farmacéuticas están en condiciones de cumplir en menos de 100 días gracias a la nueva tecnología y que evidentemente las haría más eficaces.

Y por supuesto, recordar que de la gripe hay que vacunarse todos los años, con lo que no debemos excluir que en el futuro nos encontremos en una situación similar con la COVID-19.


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